lunes, 5 de mayo de 2008

Él y ella

Abrió los ojos y parpadeó. Lo primero que vio fue la luna, que brillaba en lo más alto del cielo, luciendo con todo su esplendor. A su alrededor, infinidad de estrellas resplandecían como luciérnagas, agrupándose en hermosas constelaciones de libre interpretación que dejaban un amplio espacio a la imaginación. Se encontró tumbado sobre un cómodo lecho y al incorporarse se dio cuenta que se trataba de hierba, estaba en un campo bañado por la luz de la luna llena. Entornó los ojos para ver un poco más allá y pronto se dio cuenta que a unos quinientos metros mirando en línea recta hacia el frente, se hallaba un enorme lago las aguas del cual, con la nocturna iluminación, parecían de plata. Ladeó la cabeza para ampliar su campo de visión y localizó un precioso sauce llorón. Al verlo, le entró el irreprimible antojo de acercarse al árbol para poder apreciarlo mejor, por lo que se levantó y empezó a andar silenciosamente hacia él. Fue entonces cuando la descubrió.
Su belleza eclipsaba la luz de la enorme luna, la hermosura del árbol y la del mismo campo; el suave movimiento de su pelo al seguir el compás de la brisa era más mágico que la integridad de ese paisaje y de esa noche. Tenía la vista clavada en una margarita que sostenía entre los dedos, y se entretenía arrancando uno a uno sus pétalos, como una niña que juega a adivinar si su amado la corresponde o no. La joven debió notar su presencia, pues apartó la mirada de la flor para mirarle a los ojos. Tenía los ojos cristalinos, de color esmeralda, que contrastaban con el dorado de su pelo. Le dedicó una sonrisa, sorprendentemente feliz.
Él estaba demasiado aturdido como para devolverle el gesto. Su mente permaneció en blanco durante unos instantes, justo antes de entender el por qué de su reacción. La había encontrado, era ella, el amor de su vida sin lugar a dudas. En ese momento una sincera sonrisa se dibujó en su rostro, como retrasada respuesta. Ella se levantó y apoyó su espalda contra el tronco del sauce, y él continuó acercándose, muy lentamente.
La tenía a pocos centímetros, con su penetrante mirada y su deslumbrante sonrisa. No pudo evitar perderse en ella, desear besarla ni tampoco ir acercando paulatinamente los labios a los de ella. Estaba tan cerca que sentía su cálido aliento, que imaginaba el sabor a paraíso que deberían tener sus besos. Su corazón se aceleraba, cerró los ojos, dispuesto a dejarse llevar…

2 comentarios:

Bechini dijo...

ondima!!!!
no sabia que tenies blogspot
ara tagrego jo tbé!! si menrecordo de com funciona, cla!

un petonet molt fort irene
ara em llegire tots els textos
pero segur qe estaran mlt be vnint de tu.

vencerderrotado dijo...

jjaja només llegir la luna al principi ja m'agrada
soc un lunático empedernidoo
a més d un cazadoor

vinga ideeene petita
un petonàs!!!